Muy pronto para el deseo y demasiado tarde para el amor

Que si por qué.

Volví sin fin, pero con propósito. La forma de regresión agresiva que entra a la nariz a las tres de la mañana, el asco a tu sombra y el miedo de que te siga.

Volví por momentos, por momentos de lucidez – ¿O debería decir cuestión de panorama?­

Al final la respuesta será la misma, respiraré con pesadez y sin ritmo. Así ha de ser.

Su

“Lo siento, estoy a dieta de michoacanos.”

El valor de un acento

Entre a esa etapa de la vida donde el tiempo pasa rápido y el aire pasa lento.

 

Que si cuenta, que si no.

Flor de galicia

A mi pueblo llegó una familia que tenía mucho dinero. Yo solía ir mucho a esa tienda, me preguntaron cómo me llamaba y les respondí “Juanita Flores”. Dijeron que ellos también apellidaban Flores y aseguraban que éramos familia. Yo le pregunté a mi papá que si esto era cierto, él me dijo “No, nosotros somos los Flores de aquí del pueblo, esos son unos forasteros.”

Esos forasteros no eran mi familia.

Burns deep

-¿Qué tan seguro estás de hacer esto?- Preguntó Cecilia, retirándole lentamente la amarilla  toalla que protegía su blanca espalda de las inclemencias del viento, tiempo y sol.

-Completamente seguro, en este momento no hay ninguna otra cosa que quisiera hacer. Siento que se me hinchan las venas de la emoción, ¿No sientes lo mismo tú?- Cecilia calló, como tantas veces en su vida. A ella no le agradaba nada la idea de lo que estaba por suceder, estaba aterrada pero no iba a permitir que él se diera cuenta de eso.

-Realmente… no sé qué pueda resultar de todo esto; la incertidumbre hace que me duela el estómago, ¿No te duele a ti también? Mira, aquí –Le tocó la boca del estómago, él se mostró serio, llevó la mano de su amiga a su boca y la besó.

-Cecilia, perdóname por ser tan egoísta en ciertos momentos. Este quizás es uno de esos; te pido demasiado…  y yo sé que quizás no pueda recompensarte jamás, pero mantente a mi lado, sólo un poco más, ¿sí? – Cecilia mantuvo la mirada en el piso, ella sabía que no podía rehusarse a estar ahí y se continúo en silencio, a su lado, con su cuerpo siendo invadido por una náusea abrumadora.

-Aquí voy a estar, te lo prometo.

                Él tomó sus pequeñas manos y con una fuerza animal las apretó hasta que los huesos crujieron, en señal de una próxima fractura.

                Fue un recuerdo el que asesinó el hermoso momento, el recuerdo de que había un pendiente por hacer, y ya era hora.

-Cecilia…

-¿Estás seguro de querer hacerlo? ¿Estás consciente de que el mundo no necesita esto? – Interrumpió la mujer, con ese particularmente molesto tono de voz, ese que ellas usan como último recurso, ese tono engreído sabelotodo y merecido,  del que son dueñas mayormente las mujeres.

-Cecilia…, gracias por estar a mi lado, pero ahora tú escoges, puedes quedarte o marcharte, no puedo obligarte a que veas esto.

                Ella calló, no tenía sentido, él sencillamente había dejado de escucharla desde el apretón de manos. Parecía que en el mismo momento en que ella se lastimaba las muñecas a él se le reventaba el tímpano.

                Optó por la más difícil de todas las opciones: Se sentó en el piso.

                Él por su parte, comenzó su camino hasta la cima de la colina, con pasos lentos y pesados. Sus huellas nacían en el pastó con la sutileza del viento al mover las flores.

                Los millares de personas que estaban reunidos para ver este momento sonrieron. A Cecilia esas risas dibujadas en su cara le repugnaban, era como ver a una jauría de hienas esperando comer, unas reían, otras hablaban entre ellas y otras cantaban. Era asqueroso.

                A medida que el personaje se acercaba a la cima, sus sonrisas crecían. Y cuando llegó, él volteó a ver el cielo, levantó las manos y formó una “v” con ellas, cerró los ojos para comenzar.

                En la colina, él se elevaba poco a poco, flotando en el aire.

                Abajo,  ella lloraba.

                En la colina, él llenaba su cara de una profunda y grata sonrisa.

                Abajo, ella lloraba.

                Cuando hubo alcanzado varias decenas de metros sobre el aire, su cuerpo se llenó de una especie de luz blanca que aumentaba la intensidad a cada momento hasta que los morbosos espectadores se vieron obligados a voltear la mirada al sol, para no cegarse instantáneamente. El brillo fue tal, y el calor tan grande que secaron los ríos que le escurrían a Cecilia de cada ojo.

                Súbitamente toda esa mágica luz desapareció. Y sin más preámbulos vieron cómo el cuerpo de Fidel explotaba en el cielo, fundiéndose con la eternidad y con el azul del cielo.

                El cuerpo de Fidel pareció actuar como globo, puesto que al explotar salieron de él ríos de colores; colores totalmente nuevos para el humano, colores divinos, un regalo exclusivamente para nosotros,  un regalo eterno y hermoso, un regalo que llovía del cielo y manchaba la cara de Cecilia. Un regalo que lo único que exigía era que alguien pagara el envío.

La libertad

    Alguien un día me contó que leyó en un libro algo acerca de un pajarito que voló en busca de su jaula. Hay días donde me despierto de golpe, se me va el sueño y mi mirada se clava en el techo. Se clava tan fuertemente que me somete a un estado de concentración en el cual incluso me olvido de respirar, -Lo sé, es sumamente peligroso, pero cuando comienzo a ahogarme logro recordarlo, sólo unos segundos, antes de subirme al próximo tren que se clava en mi techo, en el techo que no se respira.

    Algunas noches pongo en duda la inteligencia del ave, ¿Por qué debería de buscar una jaula? Si lo que más podría querer es ser libre, pero luego choco conmigo mismo y me doy cuenta que la aclamada libertad es la antesala del infierno del deseo.

    Cuando uno no es libre, lo que más anhela es la libertad y está dispuesto a morir luchando con tal de obtenerla –Ya sé… sé que están pensando, incluso yo cuando llegué a ese razonamiento guardé segundos de silencio tratando de resolver o al menos de entender lo que había dicho, (Porque me gusta pensar en voz alta a veces, para que todos oigan lo inteligente que soy)- Entonces, si uno está dispuesto a pelear por la libertad, y la logras obtener uno se pregunta “¿Y ahora qué?” Les diré qué nos respondemos: “Ahora necesito un lugar donde refugiarme de tanta libertad” Y nos compramos una casa. “Necesito un baño, para deshacerme y lavarme tanta libertad” Y compramos un baño. “Necesito ver cómo las demás personas aprovechan su libertad” Y compramos una televisión, revistas y libros. Después de haber comprado casa para refugiarnos, baño para lavarnos y televisión para ver libertad ajena nos damos cuenta de lo siguiente: La alfombra no combinó con la pintura. El baño necesita un espejo en la regadera y en la televisión nunca tiene suficientes canales porno.

    Así aprovechamos la libertad, porque esto es libertad, lo demás es libertinaje. Yo soy libre, puedo ver el techo todo el tiempo que quiera, eso es un gran avance. Pero mi libertad me lleva a tener deseos, a querer casarme, tener hijos, automóvil, amante y bata de baño. Somos cosa complicada los humanos, después de esforzarnos como imbéciles para conseguir la libertad, repetimos el mismo trabajo de imbéciles para perderla.

    La libertad consiste en ser esclavos, pero no darnos cuenta. Y mientras nosotros los humanos buscamos mil maneras diferentes de perder nuestra preciada libertad, ese pajarito sencillamente vuela en busca de su jaula.

Alma

No he tenido amplia experiencia,
En esto de vivir.
Sin embargo,
Puedo afirmar con esta lengua,
y estos dientes
Que si Dios existiera,
Sería mujer…,
O whisky…,
O poesía.

Fi

    Nos habían asegurado que era gente peligrosa, y yo no tenía duda de ello, por más que su aspecto dijera lo contrario.

    Dejamos que tres personas entraran a la casa, yo cuidaría a un señor que parecía tener cuarenta años, camisa naranja y bigote. Algo me hacía dudar de él, y no era su fuerza, tenía más miedo a su inteligencia, a sus movimientos, respuestas, miradas.

    Al entrar este sujeto tomó mi computadora, lo levanté de la silla y sonrió, me enervó la sangre y le advertí que si volvía a tocar mis objetos lo haría arrepentirse. No teníamos ninguna afiliación con ellos, los pudimos haber matado si así se nos hubiera antojado, pero al menos a mí no me gusta mancharme las manos con sangre sin necesidad.

    El sujeto se movía por toda la sala, tocando cosas, observando otras, parecía niño curioso, pero siempre cargaba ese halo cubierto de algo que me asqueaba, de ese doble sentido para todas las cosas que decía, hacía o callaba.

    Por fin tocó una navaja y se dirigió a mí, con pasos lentos –Muy lentos para denotar un posible intento de asesinato- y nuevamente me molesté, le tumbé la navaja de un golpe en las manos y lo tomé del cuello, apreté con todas mis fuerzas y lo levanté. Era demasiado débil, sus manos no las levantaba del lugar donde la gravedad las había colocado. Ahora el que tenía miedo era yo; lo quería matar pero no por enojo, sino por el terror que su persona me causaba. Después de casi asfixiarlo y habiéndole lastimado el cuello lo solté. Sin hacer nada más me precipité al baño, donde por fin decidí ponerle balas a mi pistola.

Dulcinea

Es mi dulcinea, no por linda sino por fea.

Te volveré a ver

Mi instrumento perecedero
Mi compañero innecesario
Te disfruto, pero me despido.
Un saludo a tus padres,

Nos volveremos a ver pronto,
En la orilla de la playa, quizás.
O en algún árido lugar,
Promesas son promesas, promesas son playas.

Au revoir, Monsieur.

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