-¿Qué tan seguro estás de hacer esto?- Preguntó Cecilia, retirándole lentamente la amarilla toalla que protegía su blanca espalda de las inclemencias del viento, tiempo y sol.
-Completamente seguro, en este momento no hay ninguna otra cosa que quisiera hacer. Siento que se me hinchan las venas de la emoción, ¿No sientes lo mismo tú?- Cecilia calló, como tantas veces en su vida. A ella no le agradaba nada la idea de lo que estaba por suceder, estaba aterrada pero no iba a permitir que él se diera cuenta de eso.
-Realmente… no sé qué pueda resultar de todo esto; la incertidumbre hace que me duela el estómago, ¿No te duele a ti también? Mira, aquí –Le tocó la boca del estómago, él se mostró serio, llevó la mano de su amiga a su boca y la besó.
-Cecilia, perdóname por ser tan egoísta en ciertos momentos. Este quizás es uno de esos; te pido demasiado… y yo sé que quizás no pueda recompensarte jamás, pero mantente a mi lado, sólo un poco más, ¿sí? – Cecilia mantuvo la mirada en el piso, ella sabía que no podía rehusarse a estar ahí y se continúo en silencio, a su lado, con su cuerpo siendo invadido por una náusea abrumadora.
-Aquí voy a estar, te lo prometo.
Él tomó sus pequeñas manos y con una fuerza animal las apretó hasta que los huesos crujieron, en señal de una próxima fractura.
Fue un recuerdo el que asesinó el hermoso momento, el recuerdo de que había un pendiente por hacer, y ya era hora.
-Cecilia…
-¿Estás seguro de querer hacerlo? ¿Estás consciente de que el mundo no necesita esto? – Interrumpió la mujer, con ese particularmente molesto tono de voz, ese que ellas usan como último recurso, ese tono engreído sabelotodo y merecido, del que son dueñas mayormente las mujeres.
-Cecilia…, gracias por estar a mi lado, pero ahora tú escoges, puedes quedarte o marcharte, no puedo obligarte a que veas esto.
Ella calló, no tenía sentido, él sencillamente había dejado de escucharla desde el apretón de manos. Parecía que en el mismo momento en que ella se lastimaba las muñecas a él se le reventaba el tímpano.
Optó por la más difícil de todas las opciones: Se sentó en el piso.
Él por su parte, comenzó su camino hasta la cima de la colina, con pasos lentos y pesados. Sus huellas nacían en el pastó con la sutileza del viento al mover las flores.
Los millares de personas que estaban reunidos para ver este momento sonrieron. A Cecilia esas risas dibujadas en su cara le repugnaban, era como ver a una jauría de hienas esperando comer, unas reían, otras hablaban entre ellas y otras cantaban. Era asqueroso.
A medida que el personaje se acercaba a la cima, sus sonrisas crecían. Y cuando llegó, él volteó a ver el cielo, levantó las manos y formó una “v” con ellas, cerró los ojos para comenzar.
En la colina, él se elevaba poco a poco, flotando en el aire.
Abajo, ella lloraba.
En la colina, él llenaba su cara de una profunda y grata sonrisa.
Abajo, ella lloraba.
Cuando hubo alcanzado varias decenas de metros sobre el aire, su cuerpo se llenó de una especie de luz blanca que aumentaba la intensidad a cada momento hasta que los morbosos espectadores se vieron obligados a voltear la mirada al sol, para no cegarse instantáneamente. El brillo fue tal, y el calor tan grande que secaron los ríos que le escurrían a Cecilia de cada ojo.
Súbitamente toda esa mágica luz desapareció. Y sin más preámbulos vieron cómo el cuerpo de Fidel explotaba en el cielo, fundiéndose con la eternidad y con el azul del cielo.
El cuerpo de Fidel pareció actuar como globo, puesto que al explotar salieron de él ríos de colores; colores totalmente nuevos para el humano, colores divinos, un regalo exclusivamente para nosotros, un regalo eterno y hermoso, un regalo que llovía del cielo y manchaba la cara de Cecilia. Un regalo que lo único que exigía era que alguien pagara el envío.